Los fenómenos místicos

San Mateo y el Ángel

Los milagros, aunque estén íntimamente relacionados con la Virgen y sus apariciones, también tienen otros canales de realización.  Otros santos e incluso ángeles son parte de un conjunto de fenómenos de orden místico, en el que las visiones son tan importantes como las locuciones, ya sea por el milagro que llevan implícito como por las revelaciones que en ocasiones se desprenden de sus apariciones.

Las visiones, que hasta este momento hemos englobado prácticamente como si fueran todas del mismo tipo, pueden en realidad clasificarse, ya que no todas son iguales ni de la misma naturaleza.  Así, entre las visiones, nos encontramos con que existe la corporal, la imaginaria y la intelectual.  Pueden darse por separado, o bien como una combinación entre dos o las tres.

En la primera, nos encontramos con que la vista percibe una realidad naturalmente invisible para el hombre; se trata entonces de una forma exterior sensible o luminosa.  Y eso es lo que tiene lugar en las apariciones.  ¿Cómo se produce esta visión?  No siempre de la misma manera.  Puede ser por la presencia verdadera de un objeto que deja una impresión en la retina, tal como cuando vemos una silla, o bien por un agente externo que opera sobre el órgano de la visión para producir en él la misma especie impresa que produciría la presencia verdadera del objeto, es decir, tiene el mismo efecto que una visión normal, aunque no la misma causa.

Sin embargo, ésta no parece ser la forma de visión más común entre quienes dicen ver a la Virgen o a alguna otra entidad, aunque a veces sí puede ocurrir.  Lo que ocurre en este caso es que, en lugar de que la Virgen tenga una presencia corporal, se produce una representación por ministerio de los ángeles.  La razón es sencilla: es metafísicamente imposible, en principio, que un cuerpo esté en dos lugares a la vez.  Desde una visión católica, se entiende que para aparecer corporalmente en la tierra, tendría que dejar el Cielo, lo que no es conveniente.

La visión imaginaria, el segundo tipo que establecen los teólogos, no está relacionada con los sentidos externos, sino que se basa en el sentido interno de la imaginación.  Es decir, es una representación sensible enteramente circunscripta a la imaginación.  La ventaja que tiene es que, al no depender de los sentidos externos, se presenta al espíritu con más vivacidad que si estuviera producida por una realidad exterior comprobable.

Este tipo de visión se puede producir de varias maneras.  Una opción es que acontezca cuando se representa o se revive una imagen que habíamos percibido antes por alguno de los sentidos.  También puede aparecer por combinación sobrenatural de esas mismas imágenes contenidas en la imaginación.  La tercera posibilidad es que se produzca por nuevas imágenes infusas.

El último tipo de visión es la intelectual.  Aquí ya no hablaremos ni de los sentidos internos, ni de los externos, sino de la potencia del alma-intelecto.  Esta visión es, para los teólogos, un acontecimiento sobrenatural que se produce por una simple vista de la inteligencia, sin impresión o imagen sensible.  Es una visión súbita, inmediata, que no tiene nada de la lentitud o torpeza propia del razonar cotidiano.  Se supone que es así porque Dios es causa directa de esta visión intelectual, es decir, no se hace por medio de los ángels: Dios actúa directamente sobre el intelecto del vidente.  El problema mayor se le presenta, justamente, al vidente, que por lo general no es capaz de calificar lo que le ha ocurrido, ni tampoco de describir su experiencia.

The Wounded Angel

Las locuciones son un tema aparte.  En general, acompañan a las apariciones, y son de alguna manera el legado que dejan, la palabra en la que los fieles pondrán luego su devoción.  Al igual que ocurre en las visiones, también hay distintos tipos de locuciones.  La llamada locución auricular es, lógicamente, la percibida por el oído.  Son, por tanto, vibraciones acústicas formadas en el aire por los ángeles (o demonios).  Estas palabras parecen salir de la visión corporal, de una imagen sagrada, etc.  Lo que debemos tener en cuenta, para no confundirnos, es que en la teología se da por supuesto que los ángeles no tienen forma corporal alguna, porque son espíritus puros, ni tampoco se comunican con el lenguaje humano.

La locución imaginaria, a diferencia de la anterior, no se percibe con el oído, sino con la imaginación.  Sin embargo, tenemos que remarcar que no es una imaginación normal, humana, sino que está producida por un agente externo.  Así, se supone que son percibidas directamente, por más que la persona no quiera escucharlas.

Tal como ocurre con las visiones, también hay locuciones intelectuales.  Aquí no solamente no interviene el sentido de la audición, sino que tampoco tiene lugar la imaginación.  Como las visiones intelectuales, se considera que son producidas directamente por Dios.  Entre estas últimas, San Juan de la Cruz distingue tres clases.  Están las sucesivas, en las que el Espíritu Santo va instruyendo al alma con razonamientos sucesivos, es decir, conduce un razonamiento.  También encontramos las formales, que son las que se perciben en el entendimiento como viniendo claramente del otro, sin poner nada de uno, y las sustanciales, iguales a las formales pero con eficacia soberana para producir en el alma lo que significan.

Ángeles, las otras apariciones

Los milagros, tanto ahora como en las Sagradas Escrituras, no vienen sólo de la mano de Jesús o de María.  Los ángeles también ocupan un lugar importante en las apariciones de la Virgen, pues en muchas ocasiones la acompañan, y forman parte de sus consecuencias.  Por ello, es innegable que, para los creyentes, la idea de un ángel guardián o de un ángel que se aparece junto a la Virgen tiene un valor inestimable.

Los ángeles, según los Evangelios, tienen cuatro misiones.  Son los ministros de Dios en el universo, se encargan del movimiento de los astros y los fenómenos de la naturaleza como las estaciones, la lluvia y el viento, custodian las naciones del mundo y dan protección y ayuda a los seres humanos con los “ángeles de la guarda”, es decir, interceden por los hombres ante el trono divino.  Además, la tradición cristiana indica que los ángeles serán los encargados de despertar a los muertos el día del Juicio Final, y separar a los justos de los pecadores.

La etimología de la palabra “ángel” procede del latín angelus, y éste a su vez del griego ágguelos o mal’akj en hebreo, que quiere decir “mensajero” o “servidor” de Dios.  Los ángeles tienen unas características especiales que los hacen los seres ideales para invocarlos y pedirles milagros: son inmortales, tienen voluntad propia, poseen conocimientos más amplios y su poder es muy superior a los hombres.  Su apariencia puede ser como un relámpago, y sus vestiduras blancas como la nieve; además, están siempre en la presencia de Dios y constituyen su ejército celestial.  Sobre su número, las Escrituras aclaran que son “millones de millones”.  Santo Tomás de Aquino enseñaba que los ángeles fueron creados antes que el hombre, porque un ángel rebelde a Dios fue el culpable de la caída de nuestros primeros padres.  Se admite entonces que Dios los creó en un principio, cuando sacó de la nada el universo.  Hay en estos seres espirituales tres instantes: su creación, la prueba de obediencia a que fueron sometidos por Dios, y el premio en el cielo para los ángeles buenos, y el castigo en el infierno para los ángeles malos.

Desde hace más de cuarenta siglos, los ángeles están presentes en las tradiciones de diferentes culturas y religiones.  Se habla de ellos en el Islam, el hinduismo, el budismo, las religiones de la China, Indonesia, los aztecas, los incas, en el zoroastrismo, y también en las culturas ancestrales del Oriente como los cananeos, asirios y sumerios.

Pero la iconografía, no ha sido siempre la que conocemos hoy, que suele inclinarse por representarlos con alas.  En los viejos escritos en hebreo los ángeles carecían de alas; en el sueño de Jacob él observa una escalera que llegaba hasta el cielo, por la que subían y bajaban los mensajeros celestiales.  El cristianismo dice que cuando los ángeles los juzgan necesario adoptan temporalmente figura humana.  Y al no tener sexo pueden verse en forma femenina, como la visión del profeta Zacarías (5, 9).

Además de los relatos de la Biblia, las narraciones de la presencia de ángeles en la vida de las personas son sobrecogedoras.  San Juan Bosco, en su autobiografía, narra que desde los años 1854 a 1883, contó con la protección milagrosa de un enorme perro que él llamaba “Gris”.  Su misión era clara: lo salvaba de los continuos ataques criminales de que era objeto el santo, aparecía y desaparecía súbitamente en diferentes regiones, nunco se le vio comer o beber agua, ni tampoco envejecer.  Pero él no es el único que dice haber contado con su protección milagrosa.  El astronauta norteamericano John Glenn confesó haber visto, en 1962, mientras se encontraba en su cápsula en órbita alrededor de la tierra, algo así como un enjambre de luciérnagas luminosas por varios minutos.  Y hubo más relatos de apariciones extrañas en el espacio.  En 1982, los cosmonautas soviéticos de la estación espacial Salyut-7, dijeron haber presenciado, durante diez minutos, a siete enormes seres con forma humana y alas inmensas.  Dos semanas después, la tripulación de otra nave rusa, la Soyuzt-7, vivió una experiencia similar.  Las apariciones, entonces, no son sólo propiedad de la Virgen.

Pero no todos los ángeles son iguales.  La llamada corte angélica se compone de nueve órdenes de ángeles en tres jerarquías.

De mayor a menor, tenemos:

-Los serafines, que rodean a Dios y viven en eterna alabanza; los querubines, guardianes de la gloria de Dios, y los tronos, sublimes y muy por encima de toda actitud terrena.

-Las dominaciones, que son los custodios del mundo; las virtudes, portadores de gracia y amor, y las potestades, que gobiernan las estrellas y la naturaleza.

-Los principados, que tienen la capacidad de guiar a otros hacia Dios; los arcángeles, reconocidos individualmente y hechos santos, y los ángeles, que están más cercanos a los hombres.

Los milagros – Mitxel Mohn

 

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