Vivir con sabiduría

Saber vivir es una de las grandes aspiraciones humanas, y a ello se han dedicado la filosofía y la psicología.  Pero no es un conocimiento teórico sino que se adquiere con la vida.  Experimentar y conocerse a uno mismo son las dos vías indispensables para adquirir maestría en el arte de vivir.

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En la antigua Grecia, en una época en la que los filósofos florecían por aquí y por allá, un muchachito que se creía muy listo decidió un día tenderle una trampa a un famoso pensador.  Se presentaría ante él con un pequeño pájaro en la mano y le preguntaría si estaba vivo o muerto.  Si la respuesta era “vivo”, él apretaría el pájaro hasta matarlo, y solo entonces abriría la mano.  Si la respuesta era “muerto”, abriría la mano de inmediato y dejaría al pájaro volar.  En ambos casos, se trataba de demostrar que el sabio nada sabía.

Pensado y ejecutado, se presentó ante el filósofo con el ave en la mano y formuló la pregunta.  El hombre lo miró largamente, observó la mano del chico, vio la cabecita del pájaro que emergía entre los dedos, volvió la mirada al rostro del muchacho y respondió: “Hijo mío, la respuesta la tienes en tus manos”.  Al fin y al cabo, toda la cuestión sobre qué es la sabiduría y cómo se accede a ella podría reducirse a comprender que lo que necesitamos de verdad para vivir no lo conseguiremos fuera, no nos proporcionará otro, no nos lo regalarán ni lo compraremos.  Está en nosotros.  Sin embargo, tampoco es tan sencillo.

No se trata de una especie de juego de búsqueda del tesoro interior.  Lo que hemos de buscar en nosotros no está allí por arte de magia.  La sabiduría no es un “conócete a ti mismo” y ya está.  Como decía el pensador y escritor indio Krishnamurti, “uno debe conocerse tal como es, no como quisiera ser”.  Ello implica una ardua tarea, ya que no solo conoceremos de nosotros aquello que nos agrada sino también lo que acaso hasta ese momento no habíamos admitido como propio.  Para conocerse a uno mismo no es necesario abandonar el mundo e irnos a la cima de una montaña, sino que es preciso adentrarnos en él, vivir con conciencia, con atención y con presencia todas las situaciones que la vida nos propone.  Es decir, convertir la vida en una experiencia y no en un mero pensamiento.

Y aquí viene lo de la sabiduría.  Experiencia es lo que se vive, aquello que de veras nos ocurre; no lo que nos cuentan, no lo que leemos.  Las experiencias son situaciones concretas de la vida.  Y no hay que confundir una experiencia con un experimento.  Un experimento es un ejercicio en el cual tratamos de reproducir una situación de la vida.  Si tu juegas al fútbol con una videoconsola, estás en un experimento.  Si entras al campo de juego y juegas de verdad, es una experiencia.  Si te sientas en un simulador de vuelo, por muy realista que sea, se trata de un experimento.  Si estás volando en un avión, es una experiencia.  La vida nos propone muchas experiencias a diario.  Cuando las evitamos, cuando las tememos y nos vamos por los atajos o nos refugiamos fuera del mundo, nos limitamos a los experimentos.

Se suele decir que las personas con mucha experiencia -ya sea en amores, en trabajos, en aventuras, en estudios, en lo que fuere- son más sabias.  No lo creas.  Ser experimentado no significa ser sabio.  Quien vive mucho tiempo pasa tal vez por más experiencias, pero no necesariamente alcanza una mayor sabiduría.  No son sinónimas estas dos palabras, experiencia y sabiduría.  Una es consecuencia de la vida, mientras que la sabiduría depende de lo que hagas con tus experiencias.  De ahí que conocerte a ti mismo o a ti misma, un paso ineludible de la sabiduría, es procesar con conciencia y compromiso las experiencias de tu vida.

Tampoco la sabiduría es equivalente al conocimiento.  Leer toda la biblioteca de Alejandría no te convertirá en una persona sabia.  A lo sumo, serás una persona informada, culta, instruida.  No son más sabios, necesariamente, quienes más títulos y honores académicos cosechan.  La británica Sorcha Corey, investigadora y docente de arte clásico inglés, hace una especial diferencia entre conocimiento y sabiduría.  “El conocimiento nos sirve para ganarnos la vida; la sabiduría nos ayuda a vivir”, dice.

Ya en la Grecia socrática se distinguía entre un tipo de sabiduría superior y otra práctica.  A la primera se la llamaba sophia, y era considerada una virtud del alma.  Consistía -consiste aún- en conocer, a través de la investigación de las cosas naturales, las causas y principios de todo lo que ocurre y de todo lo que existe.  La segunda, phronesis, es una habilidad adquirida para hacer ciertas cosas.  A ella se llega por entrenamiento, el ejercicio continuo, la práctica.  Ya se hablaba, entonces, de sabiduría y de conocimiento.

El propio Krishnamurti sostenía en El libro de la vida -una recopilación de diálogos y escritos hecha por Mark Lee- que el conocimiento es apenas una rama del árbol llamado sabiduría.  “Nos agarramos de la rama y creemos que es el árbol, pero mediante el conocimiento de una parte jamás podremos experimentar el júbilo del todo”, decía el sabio indio.  Krishnamurti descreía de la sabiduría considerada como un hecho intelectual.  Y alertaba a quienes, en un vano y continuo intento de eludir el dolor, la incertidumbre y el desasosiego -elementos inherentes a la vida-, buscan explicaciones racionales y argumentos para todo.  Nos advertía que si la mente y el corazón son sofocados por el conocimiento que busca todas las explicaciones, “la vida se torna vana y carente de sentido”.  En esa dirección apuntaba también el gran científico y pensador Albert Einstein cuando concluía que “cada día conocemos más y entendemos menos”.  Es lo que sucede cuando creemos que a mayor cantidad de información y conocimientos embuchados, más sabiduría llegaremos a tener.  ¿A qué se refería Einstein cuando hablaba de entender? Quizá a que la vida no es un parque temático en el que hallaremos todo resuelto y explicado, en el que todo será fácil y obvio.  Quizás haya que entender que se conoce y se crece a través de la dificultad, que hay un sentido también en el dolor, que hay un misterio a la vuelta de cada esquina y que hay que cruzar todas las esquinas que propone el camino elegido.  La sabiduría es inteligencia, pero no la inteligencia entendida como una simple acumulación de conocimientos sino como un punto de encuentro.  En ese punto deben encontrarse, decía Krishnamurti, la razón con el amor.  Y a ese lugar se llega cuando hay comprensión de nuestra propia interioridad, cuando nos atrevemos a bucear en nuestro interior con los ojos abiertos, y cuando se vive la experiencia de sumergirse en las revueltas aguas de la vida y no nos limitamos a surfear en ellas.

Aún cumplidos todos los requisitos, la sola acumulación de experiencias no alcanza para hacernos sabios.  Experiencias son las cosas que vivimos, voluntaria o involuntariamente.  Lo que hagamos con ellas, las actitudes a que nos lleven, dirán si hemos adquirido sabiduría o no.  Hay muchas personas llenas de conocimientos y anémicas de sabiduría.  Hay muchas otras que se propusieron vivir “intensamente”, que acumularon decenas de experiencias y de anécdotas pero que no destilaron de ellas ni una gota de sabiduría.

Acaso solo se alcanza la sabiduría, o un estado cercano a ella, cuando se la deja de tener como una meta, cuando no se aspira a adquirirla como quien suscribe un seguro contra el dolor, contra la decepción, contra la perplejidad o contra el riesgo; cuando conservamos la capacidad de asombrarnos.  Esto es lo que comprueban los protagonistas de Sabiduría garantizada, una bonita película de la directora alemana Doris Dörrie.  Trata de dos hermano en crisis existencial por diferentes motivos.  Uno de ellos, más espiritual, siente que ha perdido el rumbo y el sentido de su existencia.  El otro, absolutamente materialista y atado a lo inmediato, tiene su vida económica y afectiva hecha un desastre, con un divorcio inminente.  El primero incluye al segundo en un viaje a Japón, dispuestos a pasar un tiempo en un monasterio budista, con la esperanza de encontrar allí paz y sabiduría.  Pero lo que descubren es que no son los demás quienes nos darán aquello que buscamos para sentir que nuestra vida alcanza un sentido.  La sabiduría es una herramienta existencial que ni se trae incorporada desde el nacimiento ni se adquiere a través de las experiencias, las palabras o los pensamientos de otros.  Lo más importante es la propia vida, las propias elecciones, las propias decisiones.

A la sabiduría se llega por un camino de pruebas, de errores y de correcciones.  Se llega respondiendo a la vida cuando nos hace preguntas mediante las situaciones que nos presenta; a partir de nuestras experiencias.  Los sabios no nacen, se hacen.  Si es así, a nadie le está negada la posibilidad.  La sabiduría no está reservada a unos pocos elegidos.  Es una posibilidad humana.  No se destaca por grandes palabras o por pensamientos deslumbrantes, sino por sencillas acciones mediante las cuales vamos acompasando nuestra vida.

Como el joven de la antigua Grecia, nosotros también tenemos la respuesta en nuestras manos.  A veces solo necesitamos que alguien -alquien que nos precede en el camino hacia la sabiduría- nos lo recuerde a través de unas palabras o actos sencillos.  Y dado que llegamos a este mundo desprovistos de sabiduría, la posibilidad de que la incorporemos dependerá de la manera que elijamos estar en la vida y transitarla: abiertos a las experiencias y dispuestos a explorarlas para entenderlas, o en la vana espera de que nos ilumine la sabiduría ajena.

fuente: Sergio Sinay – revista Mente sana

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