CONOCER ES RECORDAR

1Z El escepticismo sofista planteaba una aporía contra el conocimiento: no se puede conocer aquello que todavía no se conoce, porque si nos encontramos con ello no lo reconoceríamos.  Por otra parte, gracias a los sentidos podemos hablar de cosas iguales, cuadradas o circulares, pero si las examinamos de cerca descubrimos que nunca se ajustan de un modo exacto a lo que en nuestra mente concebimos como igualdad, circular o cuadrado.  Si existe un desnivel entre los datos de la experiencia y nuestros conceptos mentales, ¿de dónde procede la perfección de éstos?

Para superar tales dificultades, Platón defenderá que todo conocimiento es recuerdo de algo que siempre ha estado en el alma.  Además, ¿cómo podríamos conocer las ideas si no pertenecen a este mundo?

Todo se explica si admitimos que conocer es recordar (anamnesis).  El alma conoció las ideas antes de encarnarse; luego, a raíz de su castigo, se olvidó de ellas; pero, como el mundo sensible es una copia del mundo de las ideas, sirve de ocasión para que, poco a poco y con esfuerzo, en el alma se produzca la reminiscencia de lo ya conocido.  Como ya hemos dicho, si en la realidad no existe el círculo perfecto ni la justicia perfecta, pero nuestra mente posee ambos conceptos, sólo cabe que los haya encontrado dentro de sí misma.  La concepción del conocimiento como recuerdo (reminiscencia, anamnesis) la expone Platón en los diálogos Fedro y Timeo.

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LA OPINIÓN Y LA CIENCIA

Platón distingue dos tipos de conocimiento, que a su vez se subdividen en otros dos:

1.  La opinión (doxa) o conocimiento sensible: es el conocimiento que tenemos de las realidades materiales, donde no es posible hacer ciencia a causa de su constante cambio.  La opinión admite dos grados: la evidencia sensible y la imaginación.

2.  La ciencia (episteme): es el conocimiento de la verdadera realidad, del mundo de las ideas.  También admite dos grados: el razonamiento y la dialéctica.  El razonamiento es el conocimiento de unas realidades a través de otras, como las matemáticas.  La dialéctica no es un conocimiento discursivo sino intuitivo, directo e inmediato; no parte de hipótesis sino de ideas verdaderas; no usa imágenes sensibles y asciende de idea en idea hasta llegar a la idea suprema; desde ahí, a su luz, conoce todo lo demás.

La mayoría de los hombres se mueven entre opiniones, y sólo los filósofos ascienden, por medio de la dialéctica, hasta la pura intelección del Bien (noesis).  La dialéctica es el camino que sigue la razón cuando abandona lo sensible y se dirige hacia las ideas puras, hasta alcanzar la intuición intelectual del mundo ideal, de su estructura y de las relaciones entre las ideas.

Platón atribuye a la ciencia un valor catártico de purificación moral: en la medida en que la dialéctica nos lleva de lo sensible a lo suprasensible, de la apariencia a la verdad, el alma se libra de ataduras materiales, se eleva y purifica, se hace apta del contemplar el Bien supremo.

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EL MITO DE LA CAVERNA

Imagínate una caverna…  Platón comienza el libro VII de la República pidiendo al lector que se imagine una caverna subterránea con cierta abertura por donde entra la luz del sol, con unos hombres prisioneros desde la niñez, inmovilizados por unas ataduras que sólo les permiten mirar hacia la pared del fondo.  A sus espaldas, fuera de la caverna y oculto tras un muro, un camino por donde circulan hombres libres que transportan estatuas de hombres y de animales.  La débil luz de una hoguera proyecta sobre la pared del fondo las sombras de esas esculturas que sobresalen por encima del muro, y esas sombras es todo lo que han visto los prisioneros a lo largo de su vida.  Al llegar a este punto, Platón nos descubre una de sus intuiciones fundamentales: que nosotros somos semejantes en todo a los prisioneros, que habitamos un mundo de sombras, y que lo que tomamos por real es la apariencia de unas figuras que también son aparentes:

-¡Qué extraña escena describes y qué extraños prisioneros!

-Sin embargo, son iguales a nosotros, ¿o crees que esos prisioneros han visto algo que no sean las sombras proyectadas por el fuego sobre la pared que tienen enfrente?

De esta manera simbólica describe Platón los distintos grados de la realidad, desde el mundo ficticio de las sombras hasta la plenitud del sol.  En correspondencia con la realidad están los diversos grados de conocimiento, desde las apariencias sensibles de los prisioneros (doxa) hasta el conocimiento científico del mundo de las ideas representado por el sol (episteme).

A la contemplación del sol llega el alma por el camino de la dialéctica, después de haberse liberado de las cadenas del cuerpo y de los sentidos.  Aquí la teoría del conocimiento se funde con la ética: si uno de los prisioneros consigue escapar y contemplar el sol, debe volver a la caverna y liberar a los prisioneros del error, para que puedan disfrutar de la belleza y libertad de la verdad.  Ésa es la misión del filósofo gobernante, aunque su realización esté rodeada de incomprensión y pueda acarrearle la muerte:

-Ahora fíjate en esto: si el prisionero regresa de nuevo a su lugar de la caverna, ¿no se le llenarían los ojos de tinieblas, como quien deja súbitamente la luz del sol?

-Ciertamente.

-Y si tuviese que opinar sobre unas sombras que ahora ve con dificultad, porque sus ojos no se han acostumbrado todavía a la oscuridad, ¿no se reirían de él y le dirían que, por haber subido allá arriba, ha vuelto con los ojos estropeados y que no vale la pena ni siquiera intentar semejante ascensión?  ¿Y no matarían, si encontraran manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?

Si alguien, después de haber subido a la luz del sol, vuelve al interior de la caverna, será incapaz de ver bien, a causa de la oscuridad, y hará el ridículo. Y si tratase de liberar a sus compañeros, los propios prisioneros, que aman la oscuridad y consideran que las sombras son la verdadera realidad, darían muerte al inoportuno liberador.  Ésta es, sin duda, una alusión a Sócrates, que trató de iluminar a todos los que quisieron oírle, sin permitir que quedasen sumidos en las sombras de los prejuicios y los sofismas.

La alegoría del prisionero, que consigue ver la luz del sol y regresa a la caverna para liberar a sus compañeros, es considerada por Platón como un progreso intelectual y moral que requiere esfuerzo y disciplina mental.

De ahí sus insistencia en la importancia de enseñar valores absolutos a los jóvenes, para librar a la juventud de pasar la vida en el sombrío mundo del error, la falsedad y el prejuicio.  Tal educación es de primordial importancia para quienes van a desempeñar cargos públicos.  Los políticos y los gobernantes serán ciegos que guían a otros ciegos si se quedan en el mundo de las sombras, y el naufragio de la nave estatal es mucho más terrible que el de cualquier otra nave.

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fuente: José R. Ayllón; Marcial Izquierdo; Carlos Díaz-Historia de la Filosofía

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