CAP. DECIMOCUARTO

dioses-griegos

EN EL CUAL SE DEMUESTRA CÓMO ES NECESARIO QUE TODOS PARTICIPEN DEL MANDAR Y DEL OBEDECER.  ASÍ COMO HACIA DÓNDE TIENE QUE DIRIGIR EL LEGISLADOR SU LABOR

En este capítulo trata de la repartición de los magistrados, sobre los cuales es del parecer de que todos participen por sus veces, de manera que los ancianos presidan como los más prudentes en las cosas y que los mozos entiendan que por el discurso del tiempo vendrán a gobernar como ahora gobiernan los ancianos.  La causa de ello es el que todos los ciudadanos sean iguales o casi iguales en lo que se refiere al buen regir, porque si unos a otros se hiciesen excesiva ventaja, sería mejor que los mejores perpetuamente gobernasen.  Trata después de los fines a los que el legislador ha de enderezar sus leyes y que son los bienes que por sí mismos se procuran, y no principalmente los que como medios se procuran.

Puesto que toda comunidad civil se compone de gente que rige y de gente que es regida, será bueno que discutamos si conviene que los que manden sean diferentes de los que obedezcan o bien que unos mismos manden y obedezcan a veces durante todo el transcurso de sus vidas, pues manifiestamente se ve que la educación ha de seguirse conforme a cuál sea esta división.  Si hubiera algunos hombres que hicieran tanta ventaja a los demás como creemos que los dioses y los héroes la hacen a los hombres, esto es, siendo [primeramente] muy aventajados en las cualidades del cuerpo y [además de esto] en las del ánimo, de tal manera que sin controversia ninguna y palpablemente se viera lo superiores que eran los que mandan a los que son sujetos, entonces, no hay duda, sería mejor que mandasen unos mismos si obedeciesen unos mismos solamente.

Sin embargo, esto no es fácil que se dé, como tampoco es posible que haya reyes tan diferentes de sus súbditos como, según Escílax, se hallan en la India, de lo que se colige claramente que, por muchas razones y causas, conviene que del mandar y del obedecer participen todos de la misma manera, a veces mandando y a veces obedeciendo.  La equidad consiste en que los que son iguales tengan lo mismo, y la república que no está fundada con justicia no puede conservarse sino con muy grandes dificultades, pues todos los vecinos [comarcanos] que quieran promover algunas revueltas se juntarán con los mismos súbditos, y será imposible que los que participen del gobierno sean tantos que puedan detener todos éstos.  No hay duda ni disputa respecto a qué los que gobiernan han de ser más excelentes que los súbditos, pero cómo lo harán y cómo podrán participar es algo que toca considerarlo al legislador.

   Puesto que la naturaleza dio la manera en la que hacer esta diferencia y elección, y en un mismo género hizo a unos mozos y a otros ancianos, de los cuales a unos les está bien el obedecer y a los otros el mandar, ninguno se enfada por verse súbdito en la mocedad, ni por esto pretende que aquel a que obedece sea más poderoso que él, pues entiende que cuando él llegase a edad para ello conveniente, recibirá la misma honra y dignidad.

   De alguna manera habremos, pues, de confesar que son unos mismos los que mandan y obedecen y que de alguna manera también esto es diferente, de tal modo que su educación tiene que ser también en parte la misma y en parte diferente, pues el que bien ha de gobernar, conviene que primero sea súbdito.  Como ya anteriormente se ha dicho, hay una manera de señorío que redunda en beneficio del que gobierna y otra, en provecho del que es gobernado y obedece; de la primera decimos que es gobierno de señor para con siervos, y de la postrera, que de gente libre.  Diferirán, pues, algunos mandatos, no tanto en la obra, cuanto en el fin por el que se hace, por esto muchas obras que parecen de ministros o criados, les es honesto hacerlas a los mancebos o criados, pues en cuanto a si son honestos o no tales hechos, no difieren tanto por lo que ellos son en sí mismos cuanto por el fin por que se hacen.

   Puesto que ya dijimos que era toda una virtud del ciudadano, la del magistrado y la del hombre bueno, y como un mismo hombre ha de ser primero súbdito y después regir, el legislador deberá procurar que los hombres sean buenos, con qué educación llegarán a serlo, y cuál será el último fin y blanco al que se ha de encaminar la buena vida.

   Ahora bien, puesto que el alma tiene dos partes, de las cuales una tiene en sí misma uso de razón y la otra no lo tiene en sí pero puede dejarse regir por la razón, decimos que las virtudes de estas partes del alma hacen que se llame bueno a un hombre.  En cuál de ellas reside el fin [último] no es una cuestión difícil de contestar para los que dividen el alma de la misma manera que nosotros.  En efecto, lo inferior [lo no tal], lo es a causa de lo que es mejor, lo que se ve claramente tanto en las cosas hechas por arte como en la naturaleza.  La mejor parte será, pues, la que tiene en sí uso de razón activa y otra contemplativa.  De acuerdo con esto diremos también lo mismo con respecto a los hechos, pues los que puedan alcanzarlos todos o dos, porque siempre es preferible para cada uno lo más alto que pueda alcanzar.

   Por otra parte, toda nuestra vida se divide en sosiego y en negocio, en guerra y en paz, y las cosas que hacemos, unas las encaminamos a las necesidades y provecho y otras a las cosas honestas, en las cuales, de necesidad, ha de haber la misma división que hicimos en lo que se refería al alma y sus partes y en los ejercicios de ellas.  En efecto, emprendemos la guerra por vivir en paz y los negocios para vivir en reposo y descansados, y las cosas necesarias y útiles por amor de las honestas.

El legislador en sus leyes deberá tener buena cuenta de todas estas cosas, esto es, a las partes del alma y a las obras de ellas, pero especialmente a las mejores y que son fines de las otras.  De la misma manera tendrá que obrar en lo que toca a las vidas y divisiones de las cosas, porque conviene que los hombres sean poderosos para tratar negocios y hacer guerra, pero que deseen más vivir en sosiego y paz; también, que traten las cosas necesarias y útiles, pero que precien más las honestas.  Todo esto ha de hacerse de tal manera que desde la niñez los hombres sean enseñados así y conforme a estos fines y, del mismo modo, en todas las edades en las que tuvieron necesidad de educación.

    Al contrario de esto, los que hoy en día en Grecia tienen mejor reputación en lo que toca al público gobierno, e igualmente, los legisladores que fundaron las Repúblicas, no parece, ni que encaminaran las cosas tocantes al público gobierno al mejor fin de todos ni, tampoco, que dirigieran sus leyes y [educación] hacia cualquier manera de virtud; más bien parece que tendieron a aquellas leyes que les parecían útiles y aptas para enriquecerse.  En la misma falta cayeron después los que después escribieron, pues alabando la república de los lacedemonios, encarecen mucho con palabras el blanco y fin que propuso su legislador, haciendo que todas las leyes fuesen encaminadas a tener el señorío y oficio militar.  Esto, que fácilmente puede refutarse por la razón, ya hoy en día se haya refutado por la experiencia, porque, así como muchos hombres, o los más, desean tener señorío sobre muchos, pues de allí procede abundancia de bienes de fortuna.

Tibrón y todos los demás que han escrito sobre el régimen de Lacedemonia parecen admirar al legislador porque del ejercitarse para los peligros vinieron a tener señorío sobre muchos.  Hoy en día, sin embargo, vemos claramente que ya los lacedemonios no tienen señorío sobre otras gentes, ni ellos son ya felices ni el suyo fue un buen legislador.  Resulta, además, cosa digna de risa el que, perseverando ellos en sus leyes y no poniéndoles nadie estorbo en el usar de ellas, hayan perdido la felicidad.  Igualmente se equivocaban cuando afirmaban que el legislador tiene que tener en mucha estima al señorío, pues el gobierno de gente libre es mucho mejor y más conforme a la virtud que el gobierno despótico.  Además, no debemos juzgar como afortunada a una ciudad, ni como sabio a su legislador, porque haya alcanzado el señorío sobre sus vecinos, porque esto entraña un grave inconveniente, pues de aquí se deriva que, entre los mismos ciudadanos, el que tenga el poder para ello procurará alzarse en cuanto le sea posible con el señorío de la ciudad, y esto es precisamente lo que los lacedemonios reprochaban al rey Pausanias, a pesar de tener tan alta dignidad.

Ninguna, pues, de estas razones y leyes es civil, ni útil, ni verdadera, y éstas son las cosas que el legislador, tanto en lo particular con en lo común, debe grabar en el alma de los hombres; el ejercicio de la guerra no se ha de procurar para poner en servidumbre a quienes no merecen estar puestos a ella, sino, primeramente, para evitar ser sometidos y, además, para ser los capitanes en lo que se refiere al bien y a la utilidad de los que estuvieren bajo su gobierno, y no para poner a todos en servidumbre.  Convendrá, en consecuencia, que el legislador encamine las leyes, tanto las de la guerra como las demás, hacia el sosiego y la paz, pues muchas de estas ciudades se conservan mientras hay guerra, mas se destruyen apenas han alcanzado el señorío, y estando en tiempo de paz vienen a perder su lustre como el hierro; de todo ello es culpable el legislador al no instruirlas de manera que se avezasen en el tener reposo.

rafael escuela de atenas

Aristóteles-Política

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