Giordano Bruno

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“La costumbre de creer –dice Aristóteles al final del segundo libro sobre la sabiduría- es la causa principal que impide al entendimiento humano la percepción de tantas cosas que de por sí son muy asequibles. Cuán grande sea la fuerza de esta costumbre –dice- nos lo demuestran las leyes, para cuya validez tienen mayor importancia los hábitos legendarios y pueriles que los hechos patentes. Pues, como observa al respecto su comentador Averroes, de igual manera que los hombres se habitúan a los tóxicos hasta el punto de que éstos les llegan a proporcionar un alivio, cual si fueran alimentos naturales, ocurre por otra parte que lo que en todos los demás surte efectos salutíferos y vivificantes, puede ser la perdición para ellos.

Pero aquellos a los que el hado proveyó de mejores dones espirituales, aquellos que no van dormidos por el mundo, pueden percibir sin gran dificultad la luz que se desparrama por doquier, con tal de que, a la hora de pronunciar sentencia en la disputa entre la fe y la razón, designados como árbitros entre las dos partes litigantes, escuchen atentamente, saliendo de entre las nieblas del prejuicio común, las razones de ambas partes, las sometan a un cuidadoso examen y, con ayuda de una balanza exactísima, comparen y sopesen todo cuanto aparece a los sentidos como evidente, irrefutable, conforme o inamovible, familiar y acostumbrado, tan pronto como sea puesto en duda, con aquello que al contrario les pueda parecer más absurdo. Pues sólo así llegarán a hacer prevalecer al fin su opinión ante los dioses y los hombres, y no a ciegas, como el vulgo rudo, como el servil y necio rebaño en su profundísima oscuridad y en la tenebrosa cueva de la ignorancia, sino bajo la clara luz divina de la verdad, como todos aquellos que están convencidos de la existencia de una verdad divina.

Mas aquí nos encontramos en un terreno en el que reina la libertad de pensamiento, donde cada cual debe tener presente que el don de la visión corporal y espiritual no le ha sido otorgado en vano, que no necesita cerrar sus ojos a capricho de los farsantes e ignorantes, que no desprecia, en un alarde de ingratitud para con el bondadoso creador de la naturaleza, el preciado don de la razón, cual si ésta no se pudiese compaginar con otros dones de la misma divinidad y cual si una verdad se pudiera interponer en el camino de otra o una luz auténtica pudiera oscurecer a otra luz auténtica. Siendo esto así, ¿habríamos de asustarnos y escondernos de esa facultad de discernimiento y examen, núcleo más valioso de nuestro ser, que es como decir de nosotros mismos? Antes bien, habida cuenta de la divinidad que habita en nuestro interior y de la luz que resplandece en la fortaleza de nuestro espíritu, volvamos nuestros ojos de investigadores hacia el lugar donde, apenas fijemos la mirada, adquiramos con toda certidumbre un conocimiento ante cuya belleza, santidad y veracidad, ante cuya naturalidad, se bata en retirada todo sofisma engañoso y se desmorone la superstición de fantásticos zahoríes.

Consciente de su poder, el espíritu se atreverá a intentar el vuelo hacia el infinito, cuando antes estuvo encerrado en la más estrecha mazmorra, desde la cual sólo podía alcanzar la facultad visual de sus ojos miopes hacia los lejanísimos parpadeos de los astros a través de grietas y pequeños agujeros, por así decir. Pero además estaban sus alas –por así decir- cortadas por el cuchillo de una mostrenca fe consuetudinaria que levantaba una cortina de niebla entre nosotros y la majestad de los celosos dioses, que con su propia imaginación creaba incluso un nublado que ella creía construido con hierro y acero. Liberado empero de esta visión de pesadilla a base de la mortalidad, de las iras del destino y del discernimiento plúmbeo, liberado de las cadenas de las crueles erinias y de los fantaseos del amor parcial, se lanza el espíritu en dirección al éter, atraviesa, flotando, el ilimitado ámbito de enormes y numerosos universos, visita los astros y rebasa en su vuelo las imaginarias fronteras del universo. Han desaparecido los muros de todas esas octavas, novenas, décimas y demás esferas que en su ciega locura inventan filósofos y matemáticos. Con ayuda de la investigación dirigida simultáneamente por los sentidos y la razón, se abren los palacios de la verdad, los ciegos recuperan la vista, a los mudos se les desata la lengua y los que hasta entonces estaban impedidos para cada progreso espiritual adquieren fuerzas nuevas para visitar el sol, la luna y otros habitáculos de la mansión del Padre universal, semejantes al mundo en que vivimos, menores y peores, pero también mayores y mejores, en gradación infinita. Llegamos así a una contemplación más digna de la divinidad y de esta madre naturaleza que nos engendra en su seno, nos conserva y, por fin, nos vuelve a acoger y, además, no creeremos en adelante que haya ningún cuerpo sin alma o, como fementidamente dicen algunos, que la materia no sea otra cosa que un estercolero de sustancias químicas.”

 

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